Constitución Fundamental

Los Misioneros del Espíritu Santo en la Iglesia

Art. 1. Origen

1. El Siervo de Dios Félix de Jesús Rougier, obedeciendo a un especial llamamiento divino, fundó nuestra Congregación bajo la protección de Santa María de Guadalupe, el 25 de diciembre de 1914, en el Tepeyac, ciudad de México.

2. San Pío X reconoció nuestro carisma y, por la misión que el Señor confiaba a la Congregación, nos dio el nombre de Misioneros del Espíritu Santo, “que es todo el programa de nuestra vida religiosa y sacerdotal”.

3. La Iglesia aprobó el Instituto y sus Constituciones el 12 de diciembre de 1939 y nos asiste con solicitud para que crezcamos y demos fruto por la fidelidad al carisma fundacional.

4. Nuestra Congregación es un Instituto religioso clerical de derecho pontificio, cuyos miembros pueden ser sacerdotes, diáconos permanentes o hermanos coadjutores.

5. Somos una de las cinco Obras de la Cruz, que nacieron en la Iglesia por iniciativa de la Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida, y fueron aprobadas por la Sede Apostólica gracias al celo pastoral del Venerable Mons. Ramón Ibarra y González, primer Arzobispo de Puebla, México.

Art. 2. Espíritu

6. Por voluntad divina, los Misioneros del Espíritu Santo hemos sido llamados como religiosos a seguir radicalmente a Cristo Sacerdote y Víctima, con el propósito de transformarnos en Él y compartir sus sentimientos sacerdotales, animados de sus mismas cualidades y virtudes: amor, pureza y sacrificio.

7. Bajo el impulso del Espíritu Santo imitaremos a Jesús, en su amor obediente al Padre y en su amor humilde a los hombres, en su pureza y en la santidad de su vida, para ejercer nuestro sacerdocio espiritual, ofreciéndolo y ofreciéndonos con El, como hostias agradables a Dios. De esta manera, unidos al sacrificio de Cristo, seremos víctimas de expiación y consolaremos su Corazón herido por nuestros pecados.

8. Conscientes de que sólo puede transformarnos en Cristo el Espíritu Santo, nos consagraremos a Él y seremos dóciles a sus inspiraciones.

9. La Virgen María es el modelo perfecto de esa transformación. Le profesaremos un amor filial en el misterio de sus Dolores, especialmente los de su Soledad.

10. El espíritu de la Congregación se actualiza ofreciendo al Verbo Encarnado y ofreciéndonos con El al Padre, por manos de María, para la salvación del mundo.

11. La expresión “Espíritu de la Cruz” es la formulación sintética de esta espiritualidad; el modo característico de vivirla es la “Cadena de amor”; y su símbolo, la “Cruz del Apostolado”.

Art. 3. Misión

12. Nuestra misión es la misma de Jesús, que fue enviado para salvarnos y santificarnos por el don de su Espíritu.

13. Como apóstoles del Espíritu Santo y de la cruz, somos enviados a promover en todo el Pueblo de Dios la santidad, según nuestro espíritu: así extenderemos el Reinado del Espíritu Santo.

Art. 4. Género de vida

14. El seguimiento radical de Cristo exige la entrega total de nuestra persona a Dios, por la profesión de los consejos evangélicos. Somos en la Iglesia una Congregación religiosa a cuya naturaleza pertenece la contemplación y la acción apostólica.

Art. 5. Estilo de vida

15. El estilo de vida nos distingue entre la diversidad de Institutos de vida apostólica y es fruto de la acción del Espíritu Santo, que enriquece a la Iglesia con diversidad de carismas.

16. Nuestro espíritu y misión fundamentan y exigen el modo peculiar de vivir nuestra consagración a Dios y de realizar nuestro servicio eclesial; por eso Nuestro Padre Fundador quería que fuéramos «ante todo contemplativos y después hombres de acción».

17. Debemos dar el primer lugar a la contemplación, no sólo en la teoría sino en la práctica concreta de la vida. Nuestra acción apostólica se ordena y se subordina a la contemplación. No basta que seamos contemplativos en la acción, sino que es imposible realizar nuestra misión si nuestra acción apostólica no se deriva de la abundancia de la contemplación.

18. Esto exige que seamos hombres de oración, atentos amorosamente a Dios, hasta lograr que la contemplación sea en nosotros un estado en el cual la oración domine toda la vida y el alma esté continuamente bajo su influencia.

19. Centro de nuestra dimensión contemplativa es el misterio de Cristo Sacerdote y Víctima, que se perpetúa y actualiza en la Eucaristía. De él dimana, como primera exigencia de nuestro estilo de vida, una intensa vida litúrgica que culmina en la celebración de la santa misa; y porque Cristo continúa su oblación sacerdotal en la Eucaristía, la fidelidad a la adoración eucarística personal y comunitaria ocupa un lugar primordial en nuestra vida religiosa.

20. En el misterio eucarístico el Señor nos congrega en unidad de fe y en comunión de caridad para que, viviendo una profunda participación y comunión como hermanos, seamos signos e instrumentos de salvación para los hombres.

21. El espíritu de sacrificio, necesario para imitar a Cristo crucificado y para obtener mayor caridad y pureza de alma, es una característica propia de nuestra vida.

22. Por la abnegación y la austeridad religiosa, nuestra vida ha de ser un testimonio evangélico.

23. Cultivaremos la interioridad personal y mantendremos ordinariamente en nuestras casas un ambiente de intimidad, recogimiento y silencio.

24. El estudio es alimento de nuestra vida contemplativa y exigencia de nuestro apostolado.

25. Nuestra actividad apostólica debe tener un sello definido, en concordancia con nuestra misión propia. Tendremos como primeros destinatarios a los sacerdotes y, después de ellos, a los cristianos que profesan los consejos evangélicos; como obras preferentes, las Obras de la Cruz; y como medios característicos, la dirección espiritual, el apostolado litúrgico y la predicación de retiros y ejercicios espirituales.

26. El género y estilo de vida característicos de la Congregación deberán ser plasmados fielmente por cada comunidad en un cuadro de vida que tenga en cuenta las circunstancias propias de la misma.

27. Amaremos a la Congregación como a madre nuestra y, por consiguiente, seremos fieles a sus Constituciones que, junto con las sanas tradiciones y nuestras fuentes, son la expresión viva de nuestro carisma y constituyen el fundamento y el apoyo, tanto de nuestra vida consagrada como de nuestro apostolado.

Art. 6. En la Iglesia y al servicio de la Iglesia

28. Nuestra Congregación pertenece a la vida y santidad de la Iglesia y vive en ella para su edificación. Incorporados a Cristo por el bautismo y unidos más íntimamente al misterio de su Cuerpo Místico por la profesión de los consejos evangélicos, consagramos totalmente nuestra vida al servicio de Dios y de su Pueblo.

29. Por medio de la Iglesia recibimos la misión que continúa la obra de Jesús, Salvador del mundo, y la ejercemos en su nombre, según el carisma de nuestra vocación.

30. Ya que la riqueza de la Iglesia reside en la variedad de carismas, seremos fieles a la identidad de nuestro Instituto y nos insertaremos en la vida eclesial con la fuerza de nuestro carisma.

Art. 7. La Familia de la Cruz

31. Dios ha suscitado en la Iglesia instituciones diversas que viven y difunden el espíritu de Cristo Sacerdote y Víctima, y constituyen la “Familia de la Cruz”.

32. Forman el núcleo central las Obras de la Cruz, que se extienden a todo el Pueblo de Dios. «Aunque son cinco, no forman en realidad sino una sola, una Obra de amor y sacrificio».

33. Con el reconocimiento de la autoridad suprema de la Congregación, pertenecen también a esta Familia otras obras que nacieron del celo apostólico de nuestros Padres en el espíritu, y diversas instituciones que, animadas por la Espiritualidad de la Cruz, realizan distintas misiones.

34. Esta Familia de la Cruz vive y se desarrolla bajo el impulso del Espíritu Santo para continuar, a través del tiempo y del espacio, el clamor de intercesión que fue su origen: ¡JESÚS, SALVADOR DE LOS HOMBRES, SÁLVALOS!

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